jueves, 15 de marzo de 2012

Historia del noviazgo entre una neocon y un neotradi (parte1)

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia...

Criada en una familia creyente, la joven de nuestra historia a quien llamaremos Ana, participó durante su infancia y adolescencia en el grupo parroquial. Como el párroco tenía una impronta mariana y misionera, les transmitió a todos los parroquianos el sentido de la misión y de la Iglesia. Claro que la "Iglesia", para Anita, tenía las dimensiones que ella veía. Más tarde, entendería que la Iglesia era mucho más que lo que ella veía.
Cuando terminaba su adolescencia, Anita se comprometió mucho más fuerte con la misión, y llegó a participar de muchísimas, organizadas por el grupo al que pertenecía. En este grupo, se mostraba la fe de siempre, de una manera nueva. La alegría de los jóvenes misioneros hacía que las personas se uniera a ellos con facilidad e incluso las conversiones eran auténticas, profundas.

Luego de un tiempo, Anita se alejó del grupo misionero. Tenía que profundizar su formación académica, y para quien hizo un estudio terciario o universitario es conocida la dificultad de armonizar estos grupos con el estudio, de modo que se alejó un poco, aunque conservó la impronta que este grupo le dejó.

La vida universitaria no fue fácil, ya que la exigencia académica era grande y ella se la tomaba muy enserio. Al mismo tiempo, era difícil encontrar amigos en el claustro universitario, ya que no era precisamente "el patio de la parroquia". Las conversaciones eran mundanas, y los estilos de vida muy diferentes.

Angustiada por esta situación, se resolvió a consultar con un sacerdote amigo, quien le aconsejó que fuera a un grupo de universitarios. Esto a Anita le pareció más viable que el grupo misionero, ya que las reuniones no eran tan seguidas; así que luego de ponerse en contacto con el encargado, fue a la primer reunión.

¡Enorme fue su sorpresa cuando encontró tan variado grupo y espécimenes de personas! Allí había como para que todos estuvieran "como en casa": neocones, filolefes, conversos, recién llegados, llegados hace rato... todos conviviendo en un milagroso ecosistema. Obviamente que ella, pudo distinguir los grupos mucho tiempo después, porque lo único que vio cuando llego, fue un grupo de gente buena.

Y ahí fue cuando conoció a Guillermo. "Guille" como le decían los amigos, representó una verdadera intriga para Ana desde el primer momento. Por sus comentarios parecía ex-seminarista, pero tenía demasiada pinta piratesca para haberlo sido. Por otro lado parecía sumamente culto... Lo que si captaba claramente, era que estaba aaaalgo inclinado al sector tradicional, cosa que no le interesó ni le importó en ese momento.

Guillermo también se interesó en Ana. Ella entró caraduramente como si hiciera mil años que iba al grupo, además conversaba de lo más animada con todos, y hablaba de política, de religión, de su carrera... parecía interesante de verdad.
Cuando terminó la reunión quedaron en ir a tomar un café... que terminó siendo el café más largo de la historia...

Ana, fiel a sus principios "conservadores" (cf. acepción para neocones), no comprendía por qué Guille criticaba tanto todo: si el cura pone los deditos así o asá, si reza la plegaria dos o la tres, si usa el saludo de la paz o se va directo al agnus dei... Además tampoco entendía qué tenía este buen cristiano contra el pobre Juan Pablo II. AYYYYYYYYYYYYYYY!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Para ella las cosas eran SIMPLES: Juan Pablo II hizo lo que PUDO con los medios que TUVO, y no era asunto de él arreglar la Iglesia entera. Si tanto drama se hacía, QUE SE HICIERA CURA Y SE DEJE DE MOLESTAR (Ana usaba palabras más subidas de tono porque se enojaba mucho, pero yo no las puedo poner).

Por su parte, Guille tampoco entendía cómo era que a Ana le daba lo mismo ir a cualquier parroquia, sobre todo cuando en la parroquia se tocaba la guitarra en misa. No entendía como comulgaba alegremente de manos de cualquier ministro. No entendía esa maldita costumbre de querer salvarle la intención a cualquier cosa que dijera el cura... No la entendía, pero quería entenderla, como ella a él.

Por eso se seguían viendo, pero ninguno de los dos sabía como iban a lograr armonizar las visiones casi antagónicas que tenían de la Iglesia, porque eran más los puntos de desacuerdo que los de acuerdo.

Continuará...

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