martes, 20 de marzo de 2012

Historia del noviazgo entre una neocon y un neotradi (II parte)

Como decía antes, ninguno de los dos sabía como iba a ser posible armonizar las visiones antagónicas que tenían sobre la Iglesia. 

Anita, pensaba que sería cosa relativamente sencilla. Guille, opinaba de igual manera... y pronto ambos se dieron la cabeza contra la pared. Era una pareja de leones, como esta:

                                                    

Si el problema hubiera sido sólo la misa (o Missa), las cosas se hubieran solucionado relativamente rápido. Pero la cosa se complicaba, porque cada vez se sumaban más ingredientes a este guiso religioso del Siglo XXI: 
opinión sobre los documentos conciliares, 
opinión sobre las actividades del Papa, 
opinión sobre los nuevos movimientos, 
opinión sobre lo que el Papa dice, 
opinión sobre lo que el Papa no dice, 
opinión sobre lo que los obispos permiten, ignoran, callan o prohiben... 
opinión sobre el concepto sacrificial que denote el sacerdote en su prédica (el de misa de novus, obvio, porque el de missa tradi decía TODO bien)...
opiniones opiniones opiniones... Un océano de cosas que para Ana, si bien no eran dogma de fe, no veia la necesidad de fundar la vida espiritual en la OPINOLOGIA COMPULSIVA, y Guille, no declinaba en esta práctica tan común para él y sus amiguillos.

Ana por su parte, intentaba que Guille se diera cuenta que estas personas no obraban de mala fe. Que tuvieron lo que tuvieron, o mejor dicho que recibieron lo que les dieron... Y Guille iba a la carga diciendo: "Si yo que soy laico me intereso en leer los documentos, y a claras luces saltan las incongruencias ¿me podés explicar cómo puede ser que alguien que dedicó su vida a esto, no lea nada, no se entere de nada? Entonces Ana argumentaba que quizá un párroco no tiene tiempo para leer todo lo que quisiera. Y allí  Guille decía: "Ok, pero entonces explicame por qué te hacen poner de pie cuando vas y comulgas de rodillas, ¿eso no es ideología?" Y Anita, se hacía un ocho para convencerlo de que aún esas cosas las debía aprovechar para santificarse, que nada le hacia a él comulgar de pie o de rodillas, y si el sacerdote le pedía que se ponga de pie, lo haga, porque de última, el sacerdote será quien rinda cuentas de su poca piedad, y no él cuando puso los medios ordinarios. Y así seguían por hooooooras interminables.

Por supuesto, Ana no llegaba a comprender cómo podía ser que el tema litúrgico le comiera la cabeza a su querido Guille. Ella había buceado por las historias de santos más felices y atractivas, había conocido una Iglesia que aún estando malherida tenia mucho para dar. No entendía por qué Guille no se entusiasmaba con la lectura de una vida de santo, o con las cosas buenas que la Iglesia daba. Parecía que él sólo veía lo malo.

Un día en el que la discusión se tensó mas de lo habitual, (el tema en cuestión eran los documentos conciliares), Ana le espetó que era demasiado inflexible, que así no se podía hablar de nada, que si no mostraba un poco más de humildad no sabia por donde pretendía fabricar su santidad. Y ahí, fue cuando Guille retrucó: "Sabés qué pasa? Pasa que estoy cansado de ver como la Iglesia dialoga con los musulmanes, con los protestantes, con los judíos, con los ateos... todos ellos son cándidas margaritas... Pero los que tengan la desgracia de querer cuestionar algo del Concilio, o de la Iglesia moderna... para ellos no hay diálogo. Ellos a priori son malos, son herejes, son soberbios, nadie escucha sus razones". Muy a pesar suyo, Ana quedó sumida en un profundo silencio. De a poco se fueron agolpando en su memoria las distintas situaciones que habían vivido cada vez que en una parroquia cualquiera se habían arrodillado para tomar la comunión o confesarse y los habían hecho ponerse de pie, las veces que los conservadores les salieron con los tapones de punta cuando habían querido discutir algún tema... En fin. Era difícil no darle la razón, pero por otra parte darle la razón implicaba "claudicar" de lo que ella sostuvo por tanto tiempo. 

Asimismo, ella se daba cuenta de que había cosas de los tradis, que no andaban por los carriles que debían. Le reventaba que quisieran dar cátedra de todo. En cierto modo, le traía a la cabeza la imagen de los protestantes que en el Siglo XVI tiraban piedritas a la Iglesia desde la vereda del frente, sin arremangarse y ponerse a hacer como por ejemplo, lo de Santa Teresa. Le sonaba a blablabla.  Ella no quería que su novio fuera así. Ella quería lograr que él percibiera las cosas que ella misma había vivido dentro de esa "primaveral" Iglesia que conoció. Y comenzó a trabajar en ello.


Continuará...

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