jueves, 15 de marzo de 2012

¡Menos mal que Dios no es como yo!


Recordando y hurgando un poco algunos archivos que tenía en la computadora, encontré este de un libro que me gustó.
Quizá no tenga la profundidad de Santa Teresa o San Juan de la Cruz, pero me parece que sí la sencillez de Teresita. Y a mi me ayudó mucho, por eso lo quiero compartir.
El libro se llama “La libertad interior”, y creo que para algún momento complicado de la vida espiritual, de esos en que las mujeres (y supongo también los hombres) nos enredamos en razonamientos “perfeccionistas” o “autosuficientes”, sin poder levantar la nariz y ver que es el mismo Señor el que nos deja en el valle, para que le pidamos ayuda.
Lo bueno está en que uno llegue al punto medio: ni ser una chantapufi espiritual que deje siempre la búsqueda de la santidad para el año que viene, ni ser una manijera que se olvida que la santidad también consiste en la aceptación amorosa de los límites que como seres humanos tenemos. A algunas, les cuesta mucho creer que no son ángeles…

“Dios en efecto es realista. Su gracia no actúa sobre lo imaginario, lo ideal o lo soñado, sino sobre lo real y concreto de nuestra existencia. Aunque la trama de mi vida cotidiana no me parezca demasiado gloriosa no existe ningún otro lugar en el que pueda dejarme tocar por la gracia de Dios. LA persona a la cual Dios ama con el cariño de un Padre, que quiere salir al encuentro y transformarla por amor, no es la que a mi me gustaría ser o la que debería ser, es sencillamente la que soy. Dios no ama personas ideales o seres virtuales; el amor solo se da a seres reales y concretos. A el no le interesan los santos de yeso sino que le interesamos nosotros los pecadores, como somos. En la vida espiritual a veces perdemos el tiempo tontamente quejándonos de no ser de tal o cual manera, lamentándonos por tener este defecto o aquello limitación, imaginando todo el bien que podríamos hacer si en lugar de ser como somos estuviéramos un poco menos lisiados o mas dotados de una u otra cualidad o virtud; y así inacabadamente. Todo esto no es mas que tiempo y energías perdidos que solo logra retrasar la obra del Espíritu Santo.

El deseo de mejorar, de tender sin descanso a crecer en la perfección es evidentemente indispensable, dejar de progresar es dejar de vivir. Quien no quiere ser santo no lograra serlo. A fin de cuentas Dios nos da lo que nosotros deseamos ni mas ni menos. Pero para ser santos tenemos que aceptarnos tal cual somos. Estas dos actitudes son contradictorias nada mas que en apariencia: debemos  vivir la aceptación de nuestras limitaciones pero sin consentir resignarnos a la mediocridad; debemos albergar deseos de cambio pero sin que estos impliquen un rechazo mas o menos consciente de nuestras debilidades o la no aceptación de nosotros mismos.
El secreto es muy simple: se trata de comprender que no se puede transformar de un modo fecundo lo real si no se comienza por aceptarlo; y se trata también de tener la humildad de reconocer que no podemos caminar por nuestras propias fuerzas, sino que todo progreso toda victoria sobre nosotros mismos es un don de la gracia divina. Esta gracia para cambiar no la obtendré si no la deseo, pero para recibir la gracia que me ha de transformar es preciso que me admita y me acepte tal como soy.”

1 comentario:

  1. ¡Buenísimo! Me viene como anillo al dedo. ¿Quién es el autor del libro?

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