miércoles, 22 de agosto de 2012

Una Iglesia colapsada; una sociedad colapsada




A veces me pregunto cuál es la actitud correcta de una cristiana comprometida. Muchas aguerridas mujeres se lamentan de no haber nacido en la edad media para ir a las Cruzadas. Me pregunto si las argentinas no tendremos ya motivos suficientes para comenzar alguna...

EL problema es que ahora, luchar por los ideales implica gran cantidad de veces no contar con el apoyo de los pastores. Es fácil la misión cuando el pastor guía y el perro (nosotros) se dedica  solo a ladrar. ¡Pero qué indeciblemente difícil es cuando no hay guía!

Pareciera que estamos condenados a transmitir la doctrina recta en casas de familias, porque de a poco se van cerrando las parroquias. Los sacerdotes políticamente correctos, no quieren tener problemas. Muchas veces ellos, que tanto rompen las paciencias con los “criterios pastorales” o no “pastorales” son los primeros en echarle “fli” a cualquier cosa que suene distinta de lo que en su “apertura mental” están dispuestos a tolerar. Al final, el clericalismo mutó sus accidentes pero no su esencia. Ojo, también entiendo a los buenos sacerdotes que se oponen a tener la parroquia colmada de frikis, que le hacen problema por cada punto y coma, cosa que hace y deja de hacer… A veces los tradis tienen la curiosa habilidad del “rompebolismo a tiempo y destiempo” y en lugar de lentamente ir granjeándose la confianza de la gente buena, de los curas buenos, les caen con el diccionario del super tradi… y la terminan cag…

Esta idea de aggiornamiento religioso, que más que un acercamiento de la Iglesia al mundo terminó en una laicización de la Iglesia, se tradujo políticamente en un conjunto de cristianos que no hizo más que ceder espacio por espacio de  todos aquellos que tuvimos alguna vez, so pretexto de no imponer o no fanatizar la sociedad con lo que libremente cada uno elige creer. Porque al final, cuando la Iglesia (me refiero a la jerarquía) mal o bien, pero acompañaba, nos quedamos todos bien cruzaditos de brazos. La generación de nuestros abuelos y padres (sí, soy joven) no se opuso como debería haberlo hecho a numerosísimas leyes inicuas. Y ahora, nos toca el desastre.  
Y ante el desastre muchos quedan inactivos, otros hiperactivos y otros en actividad clandestina. Inactivos, los mamotretos de siempre, que con ir a misa el domingo y ser un empleado mediocre se conforman. Luego, los hiperactivos, jóvenes y adultos que se esmeran en ser buenos cristianos, intentan realmente no ser mediocres, pero que se comieron la historieta del “soldado de la milicia” y ante el primer cuerpo a cuerpo en el congreso empiezan con cancioncitas pasteleras y remeritas naranjas o amarillas (porque varios jóvenes creen que pueden ser católicos y ser del PRO, y que por eso son muy buenos católicos, casi tan buenos como Santo Tomas Moro). Yo digo, ¿creerán estos muchachos que realmente a los diputados y senadores les importa un cuarto de rábanos qué tan fuerte canten, cuántas remeritas lleven o qué tan “positivas” sean sus consignas? ¿Acaso no se darán cuenta que “por la plata baila el mono”?
Otros, los clandestinos, son aquellos que se reúnen en casas de familias. En estos reductos se puede hablar de lo que a uno se le antoja. Antros de verdadero adoctrinamiento, en los que la palabra democracia, es mala palabra, porque se sabe que hay un orden natural y que por eso mismo, no vale lo mismo la opinión de cada uno porque no todos sirven para opinar y decidir de todo.
Entonces esto nos da el resultado de que un grupo va por la derecha, a saber: los hiperactivos, políticamente correctos, que no discriminan ni violan la santísima ley (parece que no saben que la ley injusta no es ley); y por la izquierda los clandestinos, con menos medios, menos llegada y mas sustento ideológico.
Considero urgente que los clandestinos tomen el toro por las astas. En suma y restas me da sencillo: los hiperactivos no pueden (por más que quieran y lo intenten) revertir o atemperar esta situación. Para esto se necesitan menos “diálogos” y más hechos.

Para el que esté a dos minutos de acusarme de golpista le digo: no hay que temer un golpe, no hay quien pueda darlo. Y en caso de que lo hubiera, un golpe de militares liberales, tampoco me interesa.
Ahora ¿qué hechos? Si me preguntan, para mí la semana pasada la única solución era agarrar una 45 y empezar a limpiar metrodelegados, boleteros, sindicalistas, legisladores y religiosos/as (obispos curas o monjas) liberales que vayan por ahi. Esta semana no estoy mucho más tranquila, pero admito que si esto fuera así, empezaríamos la ley de la selva (a la que considero menos injusta que nuestra situación actual). Me gustaría que esto no sea una oda a la violencia. Pero no logro entender cómo pretendemos instaurar el reinado social de Cristo, o siquiera poder ser católicos, cuando no presentamos las batallas más elementales, cuando tenemos un clero no solo disgregado sino deformado, y al que está bien formado lo tenemos escondido.
 ¿Cómo es la vida del católico del Siglo XXI? ¿Resignado a esperar la segunda venida de Cristo?¿Resignado a santificarse sólo en su casa?¿Resignado?¿Es santa esa resignación?
Un amigo me dijo que me quedara tranquila, que cuando tenga que hacer algo, me voy a dar cuenta, porque las cosas "se presentan". Voy a seguir su consejo. Asi que por ahora, nada de cuarenta y cinco. Oración y sacrificio. Pero sólo por ahora, después veremos.

3 comentarios:

  1. Estimada:

    Hacer una revolución es como declarar una guerra. Y, para que una guerra sea justa, deben cumplirse ciertos requisitos:

    - el reclamo debe ser justo per se. OK
    - no debe existir otro medio disponible para reparar el daño, habiendo agotado antes todos los medios de menor violencia. ???
    - debe existir probabilidad cierta de éxito ???
    - debe poder pelearse con moderación, sin actos intrínsecamente inmorales, provocando daño proporcionado, etc. ???
    - el resultado final no debe ser peor que el actual ???

    Este último es fundamental. ¿Valió la pena echar a De La Rúa y clamar "qué se vayan todos"?

    El problema es que los católicos "clandestinos" no tenemos equipos para hacernos cargo de nada (y por eso los liberales después nos ganan de mano), preferimos ser cabeza de ratón antes que cola de león (por lo que las peleas intestinas están en nuestro ser), nos falta perseverancia, nos falta organización, nos falta entrega... ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a "perder" un fin de semana para ir a "entrenarnos" como hacen los troskistas? ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a perder horas de sueño, esparcimiento, familia, para "estudiar" cosas aburridas como leyes y reglamentaciones, organigramas de la Administración Pública, balances de organismos del Estado, etc., etc.?

    Bueno, mientras nosotros nos reunimos a debatir sobre el sexo de los ángeles, hay gente que hace eso justamente que digo antes, con una "vocación", una entrega, una dedicación que nos deja muy chiquitos.

    Y Dios no les niega el producto de su esfuerzo. Y a nosotros nos castiga, a través suyo, por la mediocridad de nuestra vida.

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    1. Mi estimado:
      estoy absolutamente de acuerdo en lo que dice. De hecho, hablando con mi marido llegamos a su conclusión. Es triste pero es verdad.
      ¿Ve alguna posibilidad de unir a los clandestinos de alguna manera, o las rencillas lo son en tal grado que hacen imposible una unión por la causa superior?
      Gracias por su comentario, espero su respuesta.

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    2. Creo que sí sería posible unirlos.

      Pero debería existir una persona entregada completamente a la causa. Que fuese lo suficientemente buena y afable como para "conquistar con miel", haciendo verdaderos amigos en todos estas "sectas". Y que, a la vez, sea lo suficientemente astuta como para no quedar en medio de los "tiroteos" entre ellas. A la vez, debería tener una mente estratégica importante y una formación doctrinal y filosófica suficiente como para poder ordenar medios y fines, sabiendo con sabiduría y prudencia qué peleas vale la pena dar y cuáles no, saber por dónde y cuándo limar asperezas o "atacar".

      Creo que Carlos Sacheri hubiese sido el candidato ideal. Este esfuerzo de buscar unidad lo llamó "principio de concertación" y teorizó sobre ello. Por algo lo mataron.

      Sólo conozco un puñado de personas que tienen claro esto, pero lamentablemente les falta carisma, simpatía o amicabilidad necesarias como para vencer reticencias y convertirse en líderes, o no tienen los recursos (tiempo, dinero, salud, ausencia de otras preocupaciones más urgentes, etc.) como para dedicarse "a full" a la causa...

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