martes, 6 de noviembre de 2012

Comenzó la batalla. Carta abierta.

Carta abierta a madres y esposas católicas (válida para que la lean también hijos y esposos)
Querida Amiga:
                Pensé mucho en escribir esta carta, porque quise usar las palabras más apropiadas para hacerlo, sabiendo que de la correcta transmisión del mensaje depende en parte que los corazones no se cierren. Aún así, pido a Dios que te inspire adecuadamente qué es lo que quiero decir, y que es a mi entender lo que El quiere que diga.
                Desde tiempos inmemoriales fueron muchas las madres que vieron partir a sus esposos  e hijos para ir a luchar por Dios, la Patria y la Familia. Cada vez que pensamos en guerras, siempre lo hacemos como hablando de un tiempo lejano porque muchas de nosotras (la gran mayoría) no experimentó en carne propia lo que era vivir realmente cada día como si fuera el último porque el país estaba asediado por sus cuatro costados. Cuando pensamos en luchas, pensamos en reinos europeos medievales, o pensamos en la cristiada, o quizá en la guerra civil española, o la época de la guerrilla-dictadura de argentina o en Malvinas.
                El problema que tenemos actualmente es grave, grave de muerte realmente. Estamos ante una sociedad agónica y una Iglesia vacilante en sus cabezas. La “prudencia pastoral” ya se ha convertido en connivencia con los poderes mundanos abiertamente anticatólicos, anti orden natural, anti verdad, anti vida.
                Por eso tengo la necesidad de decirte que necesitamos resolver lo que está pasando de la manera más heroica posible. Y por eso, si tu esposo o tu hijo te pide hacer algo por la Dios y la Patria  que considerás imprudente… te pido que reflexiones y pienses si realmente es imprudente o si tu temor es carnal porque no querés perder su presencia y afecto.
                Los días de nuestra vida se suceden de la manera más vertiginosa y natural, entre las obligaciones que tenemos como esposas, madres y trabajadoras. Pero ¿no te parece acaso que ya fue demasiado el tiempo que cedimos? ¿No fueron ya demasiadas las trincheras que abandonamos porque si actuábamos “quién se iba a ocupar de nuestros hijos si perdíamos el trabajo”? Así, con este criterio de esposa y madre carnal, cedimos luchas que ahora nos costará un triunfo recuperar. Pero creo que es hora. Y es hora porque las tinieblas jamás se conformaron con sus logros. Fueron por el divorcio, en una época que comparada con la actual era el Medioevo. Fueron por la educación cuando aquí se educaba mejor que en muchos lugares del mundo. Fueron por el reconocimiento de las uniones anti natura… Y nos pasaron por arriba. Supongo que en su momento, hasta el más aguerrido defensor del divorcio, hubiera puesto el grito en el cielo ante la sola mención de avanzar con el “matrimonio homosexual”, pero acá estamos. Ellos no pararon nunca, y nosotros si.
       
  Escuchamos a muchas jóvenes quejarse por lo amariconados que están los chicos. Y es cierto, están amariconados. ¿Por qué? Porque se perdió la dignidad más elemental: la de saber defenderse y defender las ideas porque el HONOR no se puede tocar, no se puede mancillar. Las últimas generaciones ni siquiera se plantean la grandeza del honor, el honor bien entendido, el del caballero cristiano, y así los varones cambiaron las armaduras y la defensa de los ideales, por aritos, collares y jopos eléctricos del último coiffeur de moda.


                 Están todos impregnados de un democraticismo ridículo que cree que democracia es dejar que te pasen por encima, porque si reaccionas sos violento. Violento es dejar que te pisen a vos, a tu familia y a tus hijos con barbaridades inmorales. Violento es no poder escuchar un solo noticiero en el que hablen con realismo de lo que pasa y cada vez que puede ridiculice a la Iglesia o sus fieles. Violento es no poder decirle a tu hijo: “Tu maestro no es normal: se llama Carlos y se viste de nena”. Violento es ver que los representantes del pueblo se aumentan el 100% sus dietas y no quieren negociar una paritaria del 25% con los que trabajan de lunes a lunes, y que encima discutan boludeces cada vez que osan sentar su trasero en la cámara alta (o la baja).
                   Por esto, y porque el cambio de las sociedades empieza por el cambio en el corazón de los hogares (nuestra función) te pido que reflexiones y veas qué es lo que podés hacer en tu hogar. Pero basta de acciones de islitas. Basta de esconderse y pasar desapercibido. Llevamos un tesoro en vasija de barro, pero no hay que guardarlo, ES HORA DE MOSTRARLO. Seguramente conocés algún grupo que quiera organizarse, alguna vez escuchaste alguno. Bueno, andá y ponete a disposición. Conversá con tus hijos y tu marido. Piensen, lean, infórmense, discutan. Se necesitan ideas, se necesitan personas. Hay mucho por hacer: acciones concretas. Actos públicos, propagandas, espacios de radio, música. Todo medio que pueda transmitir el mensaje es útil. Hablá con tus amigas, piensen propuestas concretas. Lo único que te pido: no pienses que estás sola porque detrás de toda buena inspiración está el ESPÍRITU SANTO.
                  Tenemos el incomparable privilegio de estar en una época donde el poder temporal es completamente adverso al Espiritual, e incluso dentro del poder Espiritual tenemos que luchar para que los pastores no cedan más trincheras dialogando. Pues bien, si en tu niñez se agigantaba tu corazón con las historias de las princesas, de los santos mártires, como Santa Juana, o las brigadas de Santa Juana... esta es la ocasión para que seas parte de esas, para que seas la protagonista. Reina más que princesa porque tus virtudes tienen que aflorar para hacer frente a la adversidad, y mártir porque puede que la renuncia que se exija sea hasta la propia vida.
                Animo pues y adelante. La patria necesita héroes y santos. Empecémos por sacarnos el estúpido cargo de conciencia de andar pidiendo perdones por aquí y por allá por ser católicos. Si me preguntas por las probabilidades de éxito, te diría que quizá pocas. Pero si me preguntás por qué me parece que tenemos que salir de esta situación te diría: ¿Te imaginás presentándote al juicio de Dios, habiendo podido hacer algo concreto por El y nuestra Patria y sin haberlo hecho? Feo no? Ahora bien, recordá que Dios no pide el éxito, y así como la santidad se nos da por pura gracia de Dios y la victoria sobre un pecado viene luego de un arduo tiempo de lucha, la victoria temporal importa, pero poco comparada con la eterna. Y POR ESA LUCHAMOS.

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